Vivimos muy pendientes de entender lo que pensamos.
¿Por qué estoy preocupada/o?
¿Por qué no puedo dejar de darle vueltas?
¿Por qué reacciono así?
Pero muchas veces olvidamos hacer otra pregunta igual de importante:
¿Qué está sintiendo mi cuerpo?
Porque nuestro cuerpo también aprende de lo que vivimos.
Y cuando llevamos demasiado tiempo bajo presión, estrés o situaciones que hemos percibido como amenazantes, puede costarnos volver a sentir calma incluso cuando aparentemente «todo está bien».
¿Qué significa estar en «modo alerta»?
Nuestro organismo está preparado para detectar posibles amenazas y reaccionar ante ellas.
Si percibimos peligro, se activan respuestas que nos ayudan a reaccionar: aumenta nuestra atención, el cuerpo se prepara para actuar y determinados estímulos adquieren mayor importancia.
El problema aparece cuando vivimos demasiado tiempo bajo estrés y esa activación se mantiene con mucha frecuencia.
Entonces podemos sentir que nunca terminamos de bajar la guardia.
Cuando ya no hay peligro, pero tu cuerpo sigue reaccionando
Imagina una alarma que se ha vuelto demasiado sensible.
Antes se activaba cuando realmente había una amenaza.
Ahora también empieza a sonar ante situaciones que, objetivamente, no suponen un peligro.
Algo parecido puede ocurrir con nuestro sistema nervioso.
Una conversación.
Un mensaje.
Un ruido.
Una sensación corporal.
Una situación que nos recuerda a otra vivida anteriormente.
Nuestro cuerpo puede reaccionar antes incluso de que podamos pensar qué está ocurriendo.
Algunas señales de que llevas demasiado tiempo en alerta
No todas las personas lo experimentan de la misma manera, pero pueden aparecer:
- tensión muscular constante
- dificultad para relajarte
- problemas para dormir o descansar
- sobresaltarte fácilmente
- irritabilidad
- sensación de inquietud
- necesidad de tenerlo todo bajo control
- dificultad para desconectar
- estar constantemente anticipando lo que podría ocurrir
A veces incluso puedes sentirte agotada/o y, al mismo tiempo, incapaz de parar.
«Pero si ahora estoy bien, ¿por qué sigo sintiéndome así?»
Esta pregunta aparece mucho.
Y es importante entender que el cuerpo no funciona como un interruptor.
No podemos decirle simplemente:
«Ya está. Ahora puedes relajarte.»
Si has pasado mucho tiempo funcionando desde la alerta, recuperar la sensación de seguridad puede necesitar tiempo.
No significa que vaya a ser así para siempre.
Significa que tu organismo necesita experimentar, poco a poco, que puede bajar la guardia.
Tu cuerpo no está intentando hacerte daño
Cuando aparece ansiedad, tensión o hipervigilancia, es fácil empezar a luchar contra esas sensaciones.
Queremos eliminarlas.
Controlarlas.
Hacer que desaparezcan cuanto antes.
Pero muchas de estas respuestas tienen una función protectora.
Tu organismo está intentando anticiparse a algo que interpreta como una posible amenaza.
Comprender esto puede ayudarnos a cambiar la pregunta.
En lugar de:
«¿Cómo hago para dejar de sentir esto?»
podemos empezar preguntándonos:
«¿Qué necesita mi cuerpo para sentirse un poco más seguro ahora?»
Volver al cuerpo también puede ayudarnos
No todo el trabajo emocional ocurre a través de los pensamientos.
A veces necesitamos volver a prestar atención al cuerpo.
Observar nuestra respiración.
Reconocer dónde acumulamos tensión.
Mover el cuerpo.
Descansar.
Percibir nuestro entorno.
Detectar qué situaciones nos activan y cuáles nos ayudan a sentir calma.
No se trata de obligarnos a relajarnos, sino de empezar a reconocer nuestras señales.
El sistema nervioso también puede aprender seguridad
Esta es quizá la parte más importante.
Que tu cuerpo haya aprendido a permanecer en alerta no significa que tenga que quedarse ahí para siempre.
Nuestro organismo tiene capacidad para adaptarse y aprender.
Poco a poco podemos construir experiencias en las que el cuerpo compruebe que no necesita protegernos constantemente.
Y ese aprendizaje puede formar parte de un proceso terapéutico.
Cuando experiencias anteriores siguen activándose en el presente
En algunas personas, determinadas experiencias difíciles pueden seguir generando respuestas intensas mucho tiempo después de haber ocurrido.
Sabes racionalmente que ahora estás a salvo, pero tu cuerpo parece reaccionar como si aquello todavía estuviera sucediendo.
En estos casos, la terapia puede ayudar a comprender qué está activando esas respuestas y trabajar las experiencias que continúan teniendo impacto en el presente.
En función de cada persona y de su historia, enfoques terapéuticos como EMDR pueden formar parte de ese proceso.
No todo tiene que resolverse desde la cabeza
Entender nuestros pensamientos es importante.
Pero comprender nuestras sensaciones corporales también puede darnos mucha información.
Quizá hoy puedas hacer algo muy sencillo:
parar unos segundos y preguntarte:
¿Cómo está mi cuerpo ahora mismo?
Sin intentar cambiar nada.
Solo observándolo.
Porque aprender a escucharte también significa aprender a escuchar aquello que tu cuerpo lleva tiempo intentando contarte.